miércoles, 21 de agosto de 2013

Cicatrices de un multihomicidio en Donceles

Leía en Las calles de México de Luis González Obregón que allá en 1789, tuvo lugar en la calle de Donceles un multihomicidio de once personas a manos de tres ladrones que, tras ser detenidos, fueron ejecutados y sus manos fueron clavadas en la fachada de la casa que robaron. González Obregón recalca que los asesinatos fueron realizados con toda saña y crueldad... y que hasta un perico que había en la casa mataron. El móvil era el robo de las riquezas de la familia Dongo, cuyo jefe, don Joaquín Dongo, era una personalidad célebre en los últimos años del Virreinato. Dongo era hacendado que había participado como prior (titular) del Tribunal del Consulado, es decir, la corte especializada en temas comerciales y era, además, albacea de los bienes del virrey Antonio María de Bucareli y Ursúa que llevaba una década muerto para cuando la tragedia.

En todo caso, la historia me pareció terrible y me lancé a la que era llamada antes calle de los Cordobanes buscando restos de esta historia. La casa de la familia Dongo ya no existe. En su lugar, hoy el número 98 y antes el número 13 queda un no muy agraciado edificio.

Actual edificación en el número 98 de Donceles, donde antiguamente se ubicó la casa de la familia Dongo y ocurrió el asesinato de 11 personas en 1789. Foto: JILG.
Placa de Donceles 98 alusiva al multihomicidio de 1789.
Foto: JILG, 2013
Distingo desde lo lejos una placa que alivia la angustia que me genera la desmemoria de cosas infames. Sin embargo, cuando me acerco a leerla quedo profundamente ofendido. "En esta casa fue asesinado Dn. Joaguin Dongo 1789". Nada más. Con él fueron asesinados un lacayo llamado José, un cochero Juan, un portero Juan Francisco, otro portero también llamado José, un indio correo del que González Obregón no nos da ni el primer nombre y que tuvo la desgracia de traer un mensaje desde la hacienda de Dongo ese día, a un Nicolás Lanuza, a una galopina, a una cocinera, a una lavandera y a una ama de llaves de las que tampoco nos da un solo nombre. Once personas. Un homicidio sanguinario, con un castigo ejemplar. Sólo la vida de Joaquín Dongo merece una cicatriz en el predio donde ocurrió la desgracia. Ni siquiera por el interés que pudiera generar la historia tal vez convertida en leyenda la placa es precisa. No lo sé, también observamos que en el relato de González Obregón, sólo dos hombres merecen nombre y apellido, los demás, con excepción de un indio, sólo su nombre de pila. Las mujeres sólo merecen ser recordadas por su profesión. Será sintomático de una sociedad antigua y de castas que sólo se tome en cuenta el nombre del señor de la casa... La cicatriz que está expuesta hoy en Donceles 98 es de algo más que de un homicidio y es un buen recordatorio de que hay vidas más valiosas que otras.



Tres devociones del centro de Puebla

Capilla del Cirineo. Antiguas ermitas franciscanas del Via Crucis al oriente del casco antiguo de Puebla. Foto: JILG, 2013

La Iglesia llega a América con un santoral determinado: que si una hija asesinada por su padre en Constantinopla, que si un obispo italiano de la Antigüedad, que si una escritora mística medieval y hasta un checo defensor de la protección de datos en el siglo XIV. Sumados, claro, a una docena de santos españoles y los patrones del clero regular. Estatuas, pinturas y hasta objetos simbólicos e iconográficos se reparten por doquier. Sobre esta cargada devocional, ocurren dos momentos interesantes: el primero cuando la devoción propuesta por la Iglesia para un templo es rechazada e ignorada, pero sustituida, como en el notable caso de San Hipólito en la Ciudad de México, al que de este santo le queda solo la toponimia y un nicho de piedra en su fachada. San Hipólito es hoy, por aclamación popular, el santuario capital de San Judas Tadeo en México.

El segundo momento y que es motivo parcial de esta entrada es cuando la figurita del santo, virgen o el cristo se escinden de su representado y cobran vida propia. Los fieles requieren depositar lo sagrado en una cosa concreta y cercana, no en la idea de una lejana mujer europea usando un santo prepucio como anillo de compromiso. Así, desde la llegada del cristianismo a América, brotan por doquier becerros de oro (más bien de caña de maíz) que la Iglesia misma patrocina e incentiva. Se requiere del milagro palpable.

Vírgenes que lloran sangre, retratos que se salvaron de terremotos e incendios, figuras a las que se les atribuye el fin de una inundación o, más aún, la suerte de salvar un naufragio. Ejemplos sobran. Hoy en la Ciudad de México se adora a un Señor de los Trabajos en el templo de San Lorenzo, a un Señor de los Rebozos en Santo Domingo, a un Niño Mueve Corazones en el templo de Loreto... ¡Y tantos más y en tantos lados! En virtualmente cualquier capilla de la Catedral Metropolitana la estrella devocional ya no se corresponde con el patrono o patrona a la que fue dedicada, sino a una figurita secundaria que atrae todos los reflectores.

En esta ocasión, y a propósito de una visita reciente al centro de esa ciudad, me detengo aquí a observar tres devociones locales de Puebla (remarcando que se trata de las que hay en el centro de la ciudad, pues existen más en otras partes de la urbe y aún más en sus alrededores). En los tres casos se trata de veneraciones de corte local que surgieron durante la era colonial y que se mantienen ostensiblemente vigentes.


I. Sebastián de Aparicio: un santo local con momia incluida.


Fachada del templo del ex convento de San Francisco.
Foto: JILG, 2013

Es uno de los mejores templos de la ciudad. Y de los más interesantes. Es lo que queda del ex convento de San Francisco. Por sí mismo y junto con otros monumentos franciscanos de la región, le dedicaré otra entrada en otro momento. Sin embargo, vale aquí la pena mencionar que si bien no es el más antiguo (lo sería el de Huejotzingo), sí es el que rápidamente, al fundarse la ciudad de Puebla, se convirtió en capital de la evangelización en la región. Salvo en fines de semana, la inmensa nave principal del templo luce casi vacía: toda la acción está en una gran capilla anexa a un costado del altar principal que, por sí misma pareciera un templo aparte. La capilla originalmente fue dedicada a una imagen de la Virgen María considerada protectora de la primera generación de conquistadores de Mesoamérica pues la traía consigo Hernán Cortés. A sus pies, en el atar principal, se encuentra el cuerpo incorrupto del Beato Sebastián de Aparicio.  No vale mucho la pena entrar en detalles en la vida del Beato, pues cuenta con varias biografías (una de ellas, la contada por los mismos franciscanos aquí y una mucho más interesante hecha por el historiador francés Pierre Ragon aquí (pdf) donde indaga sobre las posibles razones de la aclamación popular que pide su título de santidad, el cauce de su beatificación y las resistencias de la Iglesia a concederla). De hecho, la capilla entera cuenta su historia a través de pinturas con textos donde se narran momentos célebres de su vida. Vale la pena echar un vistazo a esa catequizante y enternecedora biografía. Pero aquí baste decir que fue un inicialmente un campesino de origen gallego (es venerado allá también) que tras mucha lucha llegó a probar suertes a  México en la década de 1530, es decir, no arriba como evangelizador, sino como emprendedor. Y, quizá lo milagroso en su vida haya sido su longevidad: vivió prácticamente todo el siglo XVI, sobreviviendo pestes y largos viajes, muriendo en 1600 con 98 años.

El cuerpo de Sebastián de Aparicio, en la suntuosa vitrina que es coronada por la ahora llamada "Virgen Conquistadora".  Los fieles depositan su fe en que el cuerpo se mantiene en esas condiciones sin intervención humana alguna aunque ostensiblemente la cara ha sido recubierta de cera. Foto: JILG, 2013
Aparicio sería el primero en replantear el tema de la movilidad en la transformación mesoamericana. Con la introducción de ganado, se dice que fue el primero en poner un negocio de carretas a manera de transporte público rodado. También fue encargado de abrir caminos hacia las nuevas ciudades mineras del norte. Su éxito fue tal que llegó a ser hacendado, teniendo sus tierras en lo que después fue llamada la Hacienda del Rosario (Azcapotzalco-Tlalnepantla). Para coronar su vida se unió a los franciscanos como hermano lego a sus 70 años.

Aparicio fue, antes que cualquier cosa, un hombre popular. Famoso en Puebla por su don de apaciguar animales salvajes, célebre en México por su contribución a la infraestructura de caminos, odiado por sus mujeres a quienes se dice que maltrataba, querido en Azcapotzalco por sus constantes obras piadosas y, sobre todo, atesorado nuevamente en Puebla cuando, como hermano mendicante, se convirtió en un personaje de la ciudad al ser un invitado frecuente en las casas de nobles y vecinos. Aparicio santificó su popularidad en sus últimos 30 años de vida. Ragon cita fuentes en las que dice que aún en vida repartía objetos personales (como rosarios y su cordón) para usarlos como reliquias, es decir, como objetos con poderes curativos al frotarlos con el cuerpo enfermo. En consecuencia, tan pronto murió, Aparicio se convirtió en uno de los cadávares más cotizados de toda la región. Cuenta Ragon que en un lapso de 30 años, se reportaban más de 130 casos de curas milagrosas utilizando reliquias (dedos, pelos, pedazos de su ropa, rosarios que tuvo junto a su cuerpo, su cordón, pedazos de piel).

Capilla del Beato. Las pinturas de los muros narran su
vida. Foto: JILG, 2013
La Iglesia estaba renuente a sentar como vidas ejemplares las de aquellos novohispanos que no hubieran tenido una intachable vida cristiana. Aparicio, como hacendado que amasó cierta fortuna y que no estuvo exento de riñas y problemas de faldas, no era el mejor candidato. De ahí que la reaparición de su cadáver, rosadito, con el que en ese entonces llamaban "olor a santidad" y la creciente lista de testigos de milagros le hizo imposible ignorarlo. Los novohispanos querían un santo y lo adorarían como tal, lo aprobara o no la Iglesia. Más tarde, además, se usaría la devoción a Aparicio para bendecir toda carreta, coche y auto nuevo no sólo en Puebla, sino en el centro del país. Sebastián de Aparicio, por su fama de carretero en vida, se convirtió así en el cuasi-santo patrono de los choferes y conductores de vehículos.

La beatificación esperó casi 200 años, lográndola en 1789. La canonización sigue a la espera. Ante el temor de la impermanencia de lo sobrenatural, se trataron los restos de su cuerpo con cera, para garantizar su conservación momificada, aunque esto no consta oficialmente. El paso del tiempo terminó el uso de sus reliquias que, con el tiempo, fueron perdiéndose o almacenándose en diferentes catedrales y relicarios dentro y fuera del país (en este blog se reproduce un texto que describe la fiesta que fue la llegada de un pedazo de la piel del pecho a la Catedral de Guadalajara en 1791). Sin embargo, hoy en día, contigua a la capilla, existe una tienda de artículos devocionales relacionados con el Beato.

Devotos o turistas, no lo sé tomando foto al beato.
Foto: JILG, 2013
A 400 años de su muerte, Aparicio sigue siendo propiamente un santo por aclamación popular. Hoy ya no sé si es su espíritu aventurero, su contribución al surgimiento del modelo colonial, su atractiva personalidad cuando era mendicante o si toda la devoción se debe ya solamente a su cuerpo momificado. Es una momia nuestra. Su cuerpo incorrupto recuerda una historia local, aunque esta ya no se recuerde o signifique nada más allá que la noción de que hay un patrimonio propio. Su tétrica exhibición habla de una Iglesia que no sólo importó santitos, sino que sus fieles quisieron que echara raíces... a pesar de ella misma. No es una historia de la Antigüedad, de Alejandría, de Praga o de Bari. Es la historia de un popular hombre relacionado con la fundación de una ciudad novohispana... y que hay quienes necesitan santos... y cercanos.


II. El Señor de las Maravillas: devociones inexplicables

Entrada al templo del ex convento de Santa Mónica. Los puestos del exterior
están especializados en la venta de productos relacionados con el Señor de
las Maravillas. Foto: JILG, 2013
Era el Convento de Santa Mónica, uno de los más interesantes de todo Puebla por desafiar las Leyes de Reforma que exclaustraron a casi todas las congregaciones religiosas del país en la segunda mitad del siglo XIX. Le dedicaré una mejor entrada al convento en otro momento. Por lo pronto, bastaba decir esa introducción para señalar que hoy, su relación con las devociones agustinas es mínima. La estrella del templo es posiblemente la más popular de todas las veneraciones de Puebla: el Señor de las Maravillas. La señalética turística del centro de Puebla lo indica explícitamente "Señor de las Maravillas ->" en dirección a la esquina de 5 de mayo y 18 Poniente. No tengo datos concretos, pero frecuentemente se insiste en que es la devoción más visitada de Puebla, para la que acuden en peregrinación de diferentes partes del estado y la ciudad en Viernes Santo (pues forma parte de la procesión del Via Crucis callejero rezado ese día) y el 1 de julio que fue designada como su fiesta oficial. Debe serlo: acudí al templo un jueves cualquiera por la mañana y el flujo de personas dentro y fuera del templo era muy superior a cualquiera otro que yo hubiera visto en la ciudad -con la excepción, desde luego, de la Catedral-. Además, afuera del templo había tres carritos de venta de artículos relacionados con este Señor de las Maravillas.

No es un santo local. Es la figura de un cristo representando una de sus tres caídas ocurridas en el relato/oración del Vìa Crucis. En este caso, no encuentro fuentes que me parezcan lo suficientemente serias en notas de periódicos o en las láminas explicativas dentro del templo, así como en las estampas a la venta afuera del templo. En todos los casos se coincide que es una figura tallada en el siglo XVIII (aunque encontré quien dijera que en el XVII) que, se dice a manera de leyenda, fue tallada de un árbol al que le cayó un rayo, a unas pocas cuadras del convento.

El Señor de las Maravillas. Una mañana cualquiera en un día y hora hábil, sin día de fiesta, en el templo de Santa Mónica.
Foto: JILG, 2013

Al escuchar o leer las diferentes variantes de su historia, no me quedan más que intrigas sobre qué es lo que pudo haber llevado a esta imagen a ser tan venerada. Y es que el relato no lleva consigo milagros grandilocuentes. Se trata de una mujer, celada por su marido, que iba a visitar y llevarle comida a un amante preso en una cárcel que se encontraba frente al Convento. El marido, sospechando y con intenciones de matarla, la siguió una vez y, frente la cárcel la sorprendió, preguntándole que qué llevaba en la canasta y ella respondió: "maravillas al Señor de las Caídas" o "de los Laureles" (presuntos nombres originales de aquella imagen) y milagrosamente aparecieron en el cesto flores que le dieron credibilidad a su historia y salvó su vida (Encuentro una referencia a un relato de esta historia y la fecha de 1891 en un libro del periodista Enrique Rivas). Eso es todo. Es decir, me resulta sospechoso que el relato sea razón suficiente para explicar la intensa devoción a la imagen a la que ya se le atribuyen numerosos milagros. Sólo que si hay algo más, lo desconozco. Una devota se limitó a decirme que lo que pasa es que "es muy milagroso" y me rehuyó la plática.

En todo caso, para mí el Señor de las Maravillas queda más como del Misterio que es digno de realizarle un estudio que revele las causas de su intensa devoción. Lo cierto es que su leyenda está lejos de menguar. Al contrario, si su historia originaria me parece débil, ahora está más fortalecida y revitalizada que nunca. La noche del 1 de enero de este año se registró un incendio en el templo de Santa Mónica, justo en la parte en la que se encontraba ubicado el Señor de las Maravillas (hacia el coro que está clausurado por el Museo de Arte Virreinal que comparte un fragmento del templo). Fueron dañadas dos pinturas y otros artículos de arte sacro, pero el Cristo salió ileso, en lo que muchos fieles considerarán un milagro más.


III. El Niño Cieguito: ¿dónde está el auténtico?

Fachada del Templo de San Joaquín y Santa Ana, también
referido como el templo del "Santo Niño Cieguito"
En la Av. 16 de septiembre se encuentra el templo de San Joaquín y Santa Ana, como residuo de lo que fue el convento de las Capuchinas, en Puebla. La leyenda contiene diferentes variaciones de que en 1744 en el convento mercedario de Morelia un ladrón quiso robar toda la joyería del templo, ante lo que el niño en brazos de la estatua de la Virgen de las Merced comenzó a llorar. Cuando el ladrón quiso taparle la boca, le mordió y comenzó a llorar sangre. El ladrón no pudo con la escena y le arrancó los ojos. La placa del templo de las capuchinas en cambio señala que el niño fue robado y tenía esmeraldas por ojos, la sangre brotó cuando los ladrones quisieron arrancárselos. En todo caso, por razones inexplicables, se dice que los hermanos mercedarios de Valladolid/Morelia decidieron enviar la figura del niño a sus iguales en Puebla y éstos, a su vez, dieron la estatuilla a las monjas capuchinas para que lo tuvieran a culto. La que parece la mejor referencia y relato al respecto la encontré aquí pero carece de fuentes y no sabemos si esos datos los consiguió preguntando o revisando archivos o se los inventó.

A pesar de que el de las capuchinas aparece como su templo capital, el Niño Cieguito también se venera y con gran intensidad en el templo de San Cosme y San Damián de la orden de la Merced, también en el centro de Puebla, donde, de hecho y según el relato llegó originalmente la figura desde Morelia/Valladolid. El texto de Ordóñez acusa que la imagen que se exhibe públicamente en San Joaquín y Santa Ana es una réplica de la original, por lo que la de la Merced podría ser su original mostrada sólo en días de fiesta. En una visita que hice al templo mercedario a tan sólo cinco días después de la fiesta del Niño Cieguito del 10 de agosto, coincidió con una misa en la que, al final, se hizo una fila en la que la gente pasó a hacer reverencias y genuflexiones a una imagen del Niño Cieguito, probablemente como parte de una novena. En su momento me confundió, pues yo ya tenía aprendido que su devoción era en el templo capuchino. Al estar ligados ambos templos en la historia del Niño Cieguito, ahora sospecho que en la Merced pudiera estarse venerando la imagen original u otra réplica. Más preguntas por resolver.

El Santo Niño Cieguito. Lo que lleva en su mano izquierda son justamente un par de ojos enmarcados 

Niño Cieguito del templo de San Joaquín y Santa Ana
lleno de regalos cinco días después de su fiesta del 10
 de agosto. Foto: JILG, 2013
En todo caso, el caso del Niño Cieguito tiene varios apuntes interesantes. El primero es el ya apuntado en la introducción de este texto: una imagen cobra vida propia y se escinde de su santidad representada. Es decir, deja de ser una representación de lo sagrado para convertirse en lo sagrado mismo. La devoción no es a Jesús, el hijo de Dios, sino a una imagen de un niño sin ojos y con gotas de sangre pintadas alrededor de las órbitas para el que hay un relato milagroso. Tal vez, como sugería al inicio de este texto y como con la devoción hacia Sebastián de Aparicio, se deba a la necesidad de referentes locales de lo sagrado con su necesaria materialidad. Sin embargo, en el caso del Niño Cieguito hay otro elemento interesante: la idea de que tiene réplicas en dos templos de la ciudad. ¡El relato supera así la materialidad de la devoción! Así como ocurre con cualquier santo de la Iglesia que cuenta don diferentes representaciones iconográficas, el Niño Cieguito ya es un santo en este sentido, en el que ya no importa venerar la imagen que lloró sangré, sino que la invocación al relato mismo a través de réplicas puede ser lo suficientemente necesario para lograr un milagro o intercesión. La devoción al Niño Cieguito me parece la más interesante de las del centro de Puebla aderezado por ese componente macabro y sangriento que lo distingue de otras adoraciones a figuras famosas de Niño-Dios.


lunes, 19 de agosto de 2013

Catedral de Puebla: revisitada

En un desnivel, la Catedral poblana domina el paisaje del centro de la ciudad con sus torres y la cúpula central. Vista del costado sur de la Catedral desde la terraza del Museo Amparo. Foto: JILG, 2013
Domina el paisaje angelopolitano. Es el mejor referente de orientación para las inteligencias... especiales, como la mía, que simplemente no podemos descifrar de forma inmediata el sistema de nombres de las calles de la ciudad. Nones, pares, sures, nortes, orientes y ponientes. "¡Pero si es muy lógico!", suelen decirle al contrariado. Sin duda lo es, pero habemos a quienes en cuestiones de orientación, nos es más fácil recurrir a la memoria que a la lógica.  En todo caso, no hay duda: uno puede guiarse buscando esas torres, pues simplemente se sabe que pertenecen a la llamada "Basílica Catedral".

Sus semejanzas con la Catedral Metropolitana a simple vista son muchas.
Ambas tienen cinco naves (la central, dos procesionales y, desde la fachada, las
dos que ocultan sus dos torres donde hay capillas). Y es que ambas parten de
un diseño herreriano, a cargo de Claudio de Arciniega en México e influido por
éste en el caso de la Puebla.  La fachada de la poblana es, sin embargo, más
sobria y es que también finalizó 100 años antes que la capitalina. Sus torres
son más altas que las de México, alcanzando 70 mts (contra 67 mts). Lo cierto
es que ya no son las torres más altas del país, pues las del neogótico e
 inconcluso Santuario Guadalupano de Zamora, Michoacán, rebasan los 100.
Foto: JILG, 2013
Existen numerosos textos, descripciones y referencias sobre la Catedral de Puebla. Quizás uno de los más interesantes, por antiguo y por su autor es el que hizo José Manzo, el arquitecto poblano del siglo XIX corresponsable de la trágica destrucción de estructuras e interiorismo barroco en toda la ciudad. Sin embargo, uno de los textos que me ha resultado particularmente completo, que acude a fuentes primarias y es fascinante por la pasión con la que expone la historia de la Catedral, es el que Manuel Toussaint publicó en 1954 -un año antes de su muerte- y que está disponible gratuitamente aquí (pdf). Los datos que incorporo en esta entrada provienen principalmente de ahí, de las propias placas informativas que colocó la Catedral dentro del templo y del recorrido que me brindó Fabíán Valdivia Pérez, historiador del arte y miembro de la oficina de Turismo del Ayuntamiento, el 16 de agosto de este año. No pretendo tanto abrumar con datos, ni repetir de lleno la historia que bien puede ser leída en mejores y más cercanas fuentes, sino mostrar un recorrido fotográfico... mi recorrido de reconocimiento de la Catedral acompañado por datos necesarios.

I. Exterior
Lo que hizo el Distrito Federal con su Zócalo, lo ha hecho la diócesis de Puebla con su atrio: una inmensa plancha de asfalto, vacía, custodiada por rejas, antecede la Catedral. El efecto buscado es el mismo, el de apreciar la magnificencia del edificio. Sin embargo, el atrio también queda como una plaza libre para la realización de diferentes eventos litúrgicos, religiosos o festivos. Aunque no es propiamente una plaza pública, es una plaza de la Catedral, administrada y controlada por ésta. Resulta interesante saber que, dentro de los proyectos que se tenían para este templo que lo hubieran hecho único en México, estaba el que, en ese gran atrio, existiera un claustro como obstáculo de entrada a la Catedral. Esto al estilo del Escorial en España, en el que la basílica se encuentra propiamente adentro del palacio, en vez de presidirlo. También se consideró que hubieran otras dos torres en contraesquinas de las actuales.
Izquierda: Puerta principal o del Perdón que, como tal, sólo abre en ocasiones especiales y con el fin de obtener indulgencias. A simple vista, lo más relevante de esta portada es que contiene el escudo de armas de España hasta arriba. Estuvo cubierto por el monograma de María tras la Independencia de México con el mandato de eliminar cualquier escudo real (como fue el caso de la Catedral Metropolitana donde hoy se exhibe un escudo con el águila juarista). Sin embargo, fue redescubierto, al menos, desde la primera mitad del siglo XX.  Las figuras del primer cuerpo (el primer bloque inferior) son San Pedro y San Pablo, ambos con un escudo con un jarrón de azucenas arriba, símbolo de la Inmaculada Concepción, a quien se dedicó la Catedral. En el segundo cuerpo las estatuas son de San José con el niño y de Santiago Apóstol.  Arriba se lee el año 1664, fecha en la que fue terminada la fachada, mientras que la Catedral fue consagrada en 1649, una vez que fueron cerradas todas sus bóvedas. Derecha: la portada norte del denominado crucero de la Catedral. Esta puerta da al Zócalo poblano y fue terminada en 1690. Como referencia, las portadas principales de la Catedral Metropolitana fueron terminadas a finales del siglo XVIII. La portada norte también tiene el escudo de la Catedral: el jarrón con azucenas y las estatuas pertenecen a los cuatro evangelistas. Fotos: JILG, 2013

II. El interior
Baldaquino diseñado por Manuel  Tolsá y terminado
 José Manzo en el siglo XIX. En Puebla a éste y a otros
lo denominan "ciprés"  al parecer porque así se llamaba  un 
viejo baldaquino (pdf) de la Catedral Metropolitana que
fue modelo del viejo que  había en Puebla, en Madrid y en
Sevilla. Sus dimensiones obstaculizan la vista  al Retablo de
 los Reyes, al fondo. Su monumentalidad le he valido algunos
estudios como éste. Foto: JILG, 2013
Toda esa mezcla del severo estilo herreriano del XVI con el sobrio barroco del XVII se extingue adentro, en un templo dominado por el neoclasicismo del siglo XIX. La Catedral de Puebla da un aspecto de limpieza, pulcritud y uniformidad que tal vez la Catedral Metropolitana de México, con su mezcla de estilos, no consigue dar. Las dos naves procesionales dan una sensación de amplitud (en el argot arquitectónico católico de cualquier templo se denominan "del Evangelio" a las naves procesionales del lado izquierdo desde la perspectiva de los fieles y de la "Epístola" a las del lado derecho). A diferencia de otros templos mexicanos arrasados por los horribles retablos y baldaquinos neoclásicos, en la Catedral de Puebla el efecto que da es el contrario y se percibe más bien una elegancia tal vez anticuada. Todas las bóvedas están decoradas por esos casetones con florones dorados, típicos de casi cualquier techo religioso de la ciudad de Puebla, sólo que los de la Catedral lucen más sobrios que algunos más coloridos.

En cualquier visita a la Catedral, las 14 capillas que se encuentran en las dos naves laterales por lo general y salvo alguna aislada excepción donde suele estar expuesto a adoración el Santísimo, están cerradas con reja y con poca iluminación, por lo que es muy difícil apreciar bien lo que resguardan. Cada capilla viene acompañada de una lámina que explica algunas de las pinturas y devociones que hay en su interior como una especie de probadita de lo que no se puede admirar. Pinturas de Villalpando, de Cabrera y de artistas poblanos en penumbras y de ladito.



Las capillas oscuras, enrejadas y de un neoclasicismo repetitivo y genérico que llega a ser aburrido a pesar de que casi cada una guarda alguna curiosidad que valiera la pena admirar con un poco más de luz y perspectiva (o sea, no de ladito). En un un gran número de casos, las pinturas que se exhiben fueron rescatadas de los antiguos retablos barrocos que fueron destruidos. Arriba a la izquierda:  la Preciosa Sangre de Cristo. Arriba a la derecha: San Nicolás de Bari (la anécdota es que hubo un momento que la devoción era tal por este santo que decidieron usar la capilla más cercana a la entrada, antes destinada a San Ignacio de Loyola, para poner a este santo y que así sus devotos se concentraran ahí y no interrumpieran la misa). Abajo a la izquierda: la Inmaculada Concepción. Y abajo a la derecha: el Dulce Corazón de María, conservando la pintura barroca central como su mejor elemento. Fotos: JILG, 2013
Dentro de lo que más llamó mi atención que se puede vislumbrar en las penumbras de las capillas están unos reyes magos de talavera (y otro colado que no puedo identificar y que tal vez y a juzgar por las manos vacías de los reyes, simplemente están siendo guardados como bodega de un nacimiento que, no sé, tal vez se exhiba en épocas decembrinas) en la Capilla de Santiago Apóstol (izquierda) y una pintura de la Sagrada Familia de Miguel Cabrera en la Capilla de Guadalupe (derecha). Fotos: JILG, 2013
Altar de los Reyes (1649) y cúpula con la pintura "El
triunfo de la eucaristía" de Cristóbal de Villalpando
(1688). Foto: JILG, 2013. 
Finalmente, no teniendo en mente más las semejanzas entre la Catedral Metropolitana y la de Puebla, es decir, particularmente olvidando la extraordinaria Capilla de los Reyes del presbiterio de la de México, se llega al de la de Puebla, que también posee un retablo con el mismo nombre y motivo: reyes y reinas que hayan sido nombrados santos por la Iglesia Católica. Y es aquí donde reaparecen algunos elementos barrocos al ver las columnas salomónicas que decoran cada uno de los nichos con estatuas de los reyes. Se trata del único retablo anterior al siglo XVIII (se consagró en 1649) que hay en la Catedral -excepto las áreas restringidas- y que sobrevivió la severa reforma de José Manzo. Curiosamente, a pesar de que el retablo lleva elementos barrocos, su sobriedad más propia del siglo XVII que la intensa corriente churrigueresca que dominó en la Ciudad de México en el XVIII (el retablo de los Reyes de Balbás en México es de 1737), lo hace perfectamente compatible con el neoclasicismo del resto del templo. Y, sin embargo, la estrella no es el retablo, sino la pintura al temple de la cúpula que estuvo a cargo de Cristóbal de Villalpando (el mismo que tiene pintada media Nueva España en varios lados, pero se destaca su trabajo en la Catedral Metropolitana).







Luis IX de Francia de la Catedral Metropolitana vs el de la Catedral de Puebla. Fotos: JILG, 2012 y 2013

III. El Ochavo
Recientemente la Catedral de Puebla ha autorizado el acceso controlado a tres espacios realmente privilegiados: la Capilla del Espíritu Santo (conocida como el Ochavo), la Sacristía y la Sala Capitular, con su respectiva antesala conocida como la Sala de Gobelinos. El acceso no es sencillo, pues al menos este verano (y según se me dijo, todo lo que va de este año), las citas sólo son los viernes a las 10:00 hrs y a las 16:00 hrs. Se debe reservar en las oficinas de Turismo del municipio que se encuentran dentro en los portales del Palacio del Ayuntamiento en el Zócalo, aunque por teléfono es también posible. El costo es de $100 pesos y debe reunirse un mínimo de cinco personas hasta un máximo de 35 (que me parece una cantidad excesiva considerando las dimensiones de los espacios que se visitan). No hay mucha publicidad y los horarios no son los mejores, así que, al parecer, lo normal es que no se reúnan los cinco. En mi caso, ¡fui yo solo! No fue tarea fácil, pues al principio fueron renuentes a permitir el paso de una persona. Sin embargo, ante mi insistencia e incluso mi disposición (inconsciencia) a pagar lo de cinco con tal de tener la experiencia de conocer la cara oculta de la Catedral de Puebla, las autoridades de Turismo hablaron con las de Catedral y se autorizó mi visita pagando solamente lo de uno, lo cual me dejó muy agradecido con ambas instancias. Sobre todo porque pasando uno solo, ¡se disfruta mucho más!

Entrada al Ochavo: tras pasar la reja de la calle para
ingresar a las oficinas de la Catedral, se pasa por otra
puerta, se cruza un pasillo y uno se topa con esto. La
pequeña puerta protegida por otra reja más, un portón
de madera y unos gruesos muros, está lista para proteger
el tesoro de la Catedral de quien sea. Foto: JILG, 2013
Al igual que en el resto de este texto, no pretendo hacer una descripción exhaustiva. México Desconocido hizo una profusa descripción del Ochavo, aunque después de visitarlo, le noté algunas impresiciones. También resulta interesante leer las observaciones que Toussaint hace en el texto que anteriormente coloqué, sobre el tesoro de la Catedral y estas salas en particular. Por eso, aquí me limito a exponer las fotos que hice, así como mi experiencia testimonial.

El Ochavo es un anexo al conjunto de la Catedral destinado originalmente a ser el cuarto del tesoro, es decir, donde se guardaban aquellos accesorios de alto valor como custodias, báculos y joyas decorativas para santos, sacerdotes o interiores. Por esa razón, su acceso era sumamente complicado y resguardado por rejas, portones y muros. Adentro del Ochavo se fue almacenando una colección de pinturas, reliquias y agnus dei que traían consigo desde Europa o por encargo a artistas americanos los que eran nombrados obispos de Puebla. Para mediados del siglo XVII quedó claro que había un acervo adecuado para exponerlo de una forma atractiva por lo que, aparentemente, se mandaron a hacer marcos que distribuyeran las obras de forma vistosa, con cierta simetría. Es decir, todo parece indicar que la apariencia actual del Ochavo, que data de las mismas fechas que la construcción de la célebre Capilla del Rosario, fue realizada para exponer esa particular colección, misma que se encuentra completa, según me contaba Fabián Valdivia.




Así luce el Ochavo por fuera. Su nombre viene justo de la construcción octagonal que no se trata solamente del tambor de una cúpula, como podría pensarse al verlo por el exterior, sino que los muros completos desde el piso forman esa figura. Como referencia chilanga, la capilla de la Conchita, en el Centro Histórico es un templo ochavado. Sin embargo, Valdivia me cuenta que, como parte de conjuntos catedralicios, sólo hay anexos ochavados en Puebla, la Catedral de Toledo (el tesoro del templo) y el Palacio del Escorial en España (la tumba de Felipe II). Nótese también las rejas que hay en las ventanas. La Catedral podría resistir varios sitios de Puebla. Foto: JILG, 2013

Interior del Ochavo. Adaptado posteriormente como capilla para ceremonias privadas, los recubrimientos dorados que ocupan tres lados completos, alternados por muros con marcos, ya no sólo hacen las veces de un marco gigantesco para la colección artística y relicaria, sino también acaban luciendo como retablos de culto. El entretejido de la madera con láminas de oro recuerda el estilo que se observa en el barroco poblano propio de la segunda mitad del siglo XVII.  Foto:  JILG, 2013

De una buena cantidad de las pinturas que hay en los muros del Ochavo se desconocen sus autores, así como a quién pertenecen las reliquias expuestas. En todos los casos se considera que son pinturas del siglo XVII y tal vez algunas del XVI. Sin embargo, hay varios de Villalpando y otros más de Juan Tinoco. Para mí, las estrellas del recinto son cuatro obras de arte plumario, es decir, hecho exclusivamente a base de plumas de aves salvo papel dorado picado. Supuestamente fueron realizadas en México al cierre del siglo XVI o principios del XVII.
Pintura plumaria del Ochavo. Izquierda: mi favorita, una sagrada familia. Derecha: San Francisco. Fotos: JILG, 2013
A pesar del paso de los siglos, las pinturas plumarias de la capilla del Ochavo conservan la iridiscencia, esto es, el cambio en los tonos de luz dependiendo la iluminación y el punto de vista sobre una superficie, una propiedad que poseen algunas plumas de aves. Arriba: San Juan Bautista bajo dos iluminaciones distintas. Abajo: San Pedro. Fotos: JILG, 2013

Pidiendo posada. Esta, a mi gusto, es otra de las pinturas más interesantes y bonitas de la capilla del Ochavo. Y es que el embarazo de María es notable, cosa que no es muy frecuente en sus representaciones, sobre todo, previas al siglo XX. Su vientre siempre aparece convenientemente cubierto o simplemente no está abultado. ¿Recuerda usted otra imagen del embarazo de María? Foto: JILG, 2013

IV. Sacristía
El recorrido saliendo del Ochavo continúa por el fondo del mismo pasillo hasta una puerta que da acceso a la magnífica sacristía de la Catedral de Puebla. Esta sacristía se mantiene en uso y el mantenimiento de muebles del siglo XVII, así como de la limpieza de sus pinturas y retablos es sencillamente increíble. Es un gran espacio, mucho más acogedor e impresionante que el de la Catedral Metropolitana, cuya severidad herreriana lo hace un espacio oscuro.

Sacristía. Las pinturas, diferentes triunfalismos de la fe, la Iglesia y la Eucaristía, son copias de Rubens que hizo Baltasar de Echave Rioja a finales del siglo XVII. Lo más impresionante, además del perfecto estado en el que se encuentran, es la la grande cajonera en herradura que, según me explican, es original de 1650... ¡y está en uso! Foto: JILG, 2013

Dos detalles de la sacristía. A la izquierda el trabajo de talla que decora la cajonera de 1650, donde se ve al patrón de garigoleos propios de la época que se ven en el templo de San Cristóbal y en la Capilla del Rosario. El jarrón con azucenas es el escudo de la Catedral, pues representa a la Inmaculada Concepción, la devoción a la que fue dedicada. En el lado derecho está el lavamanos tallado en alabastro, que, por sus características muy probablemente es también del siglo XVII. Al darle un golpe en el borde, emite una resonancia bellísima... Y sí, también sigue en uso. Fotos: JILG, 2013
San Miguel, Santa Teresa, Santiago Apóstol y otros levantan el manto de la Inmaculada Concepción para dejarnos ver a notables obispos poblanos, entre los que se cuentan Julián Garcés, quien fue el primero, y, sobre todo el célebre Juan de Palafox y Mendoza, quien en su obispado de 13 años (1640-1653) fue que la Catedral poblana fue prácticamente construida. El lienzo es del siglo XVIII a cargo del poblano Luis Berrueco Es importante notar, además, a la Virgen del Pilar en la esquina superior izquierda. Lo es porque habla de un sello más de hispanidad. La Puebla virreinal (y probablemente alguna parte de la actual) tiene una importante tradición y necesidad de refrendarse como española quizá derivado de ser, justamente, la primera "puebla" de españoles. La Inmaculada Concepción, cuyas imágenes y símbolos se repiten una y otra vez por toda la ciudad y particularmente en la Catedral, era a la vez patrona de la monarquía española, mientras que la Virgen del Pilar es la patrona de toda España. No hay que olvidar el detalle de que en la fachada principal de la Catedral hoy el templo ostenta un escudo real español.  Fotos: JILG, 2013

V. Sala capitular y de gobelinos
Finalmente, cruzando la sacristía y saliendo por otra puerta, se llega a un pasillo que conduce a la sala capitular. Esta es la sala donde se reúne el obispo con los párrocos y se toman decisiones. A un costado de la sala capitular se encuentra una puerta al Archivo de la Catedral para el que no sólo no hay acceso, sino que si su puerta se halla abierta, la regla de la visita es que no se debe avanzar por la sala hasta acercarse a ella. Una pena. Pero hay recompensas: la antesala de la Sala de Cabildo vale toda la pena. Se le denomina Sala de Gobelinos con algunas piezas muy interesantes que prefiero mostrarlas con foto.

Sala de los Gobelinos. Existen leyendas que dicen que estos tapices provienen directamente de los talleres de Juan Gobelin de Francia del siglo XV. También hay quien dice que el propio Rubens se los entregó a Carlos V y éste los donó a la Catedral de Puebla. Lo primero es poco probable, pero lo segundo no es plausible, pues Carlos V murió antes de que Rubens naciera. Según Toussaint, estos tapices podrían ser del siglo XVII. Yo no soy muy afecto a ellos, así que no les presté mucha atención. Fotos: JILG, 2013

Las joyitas de la Sala de Gobelinos, a mi gusto, no son los tapices, sino un par de Inmaculadas Concepciones. La de la derecha, pintada por Cristóbal de Villalpando. La de la izquierda, se cree, estaba colocada en el coro de la Catedral. Es una magnífica talla de marfil traída desde Filipinas. Fotos: JILG, 2013

La Inmaculada de marfil de la Catedral de Puebla (izquierda)  me remitió a una Sagrada Familia (derecha) que recientemente vi en la colección del Museo Franz Mayer en la Ciudad de México. Están dentro de mis piezas favoritas del museo, particularmente por la expresión de María. Sin embargo, la Inmaculada de la Catedral de Puebla me pareció aún más bella. Fotos: JILG, 2013
Finalmente, un vistazo a la sala capitular donde están los retratos de los obispos poblanos en las paredes. Al centro una estatua de San Juan Nepomuceno, quien está ahí para recordar la secrecía de las reuniones. La puerta que se ve abierta es la del Archivo de la Catedral. Fotos: JILG, 2013
El recorrido debe incluir el coro. Sin embargo, no tuve la suerte en esta ocasión, pues se encontraba en reparaciones el órgano. Lo cual será, sin duda, un excelente motivo para regresar y volver a andar los mismos pasos. Probablemente alguna obra que pasó inadvertida en esta ocasión, se convierta en protagonista de la siguiente visita. La Catedral de Puebla es uno de esos sitios que no se terminan y es de agradecerse su extraordinaria apertura a visitantes y turistas con ganas de sacar su cámara y tomarle foto a todo... a t-o-d-o. ¡Habrá que volver!

Nave procesional a un costado del coro (derecha). Uno de los órganos del coro en plena reparación (derecha). Fotos: JILG, 2013



sábado, 17 de agosto de 2013

Puebla de los Ángeles: introducción a una serie

Puebla: azulejos, ladrillos, balcones.
Foto: JILG, 2013.

Me fui a Puebla, la ciudad, la que el catecismo civil llama "Heroica Puebla de Zaragoza" para distinguirla de la entidad homónima de la que es capital. Propia y concretamente: no fui a la ciudad actual de Puebla en general, sino que me limité a lo que llaman en otros países de habla hispana el "casco antiguo" o, en el oficialismo mexicano el centro "histórico". No iba buscando la Angelópolis y ruedas de la fortuna, iba buscando los restos y continuidades de una Puebla de 500 años.

Desde pequeño, Puebla para mí era una ciudad que pertenecía a otra generación. Ya no sabía si eran familia o amigos, pero sabía que gente relacionada con mis abuelos que vivía allá era la razón por la que a veces era llevado a comer a un departamento con una gran vista en la que el Popocatépetl y el Iztaccíhuatl se veían al revés y más cerca que como yo los veo desde la Ciudad de México. Pero no había más: en Puebla sólo había iglesias, mole, dulces que no estaban de moda y azulejos. Puebla era una ciudad que, en mi mundo infantil, no podía interesar más que a los nacidos antes de 1940.

Popocatépetl e Iztaccíhuatl vistos desde el valle de Puebla.
Foto: JILG, 2013
Años pasaron. Clases de historia pasaron. Intereses pasaron. Amistades poblanas también. Una mañana descubrí que sólo sabía que en Puebla había iglesias, mole, dulces que no estaban de moda, azulejos y que los volcanes se veían al revés y que todo ese testimonio material y sus continuidades culturales de una larga historia que tanto me había llegado a apasionar en las clases y lecturas de historia, estaba ahí. Puebla, la ciudad más española de las ciudades novohispanas y en una de las regiones más densamente pobladas de señoríos mesoamericanos luchando por su supervivencia, adaptación y forzada incorporación al nuevo imperio. De pronto, me empezó a llamar la atención el ladrillo rojo del que se rodeaban esos mosaicos, la argamasa que decoraba las fachadas, la cantera y el estuco trabajado por manos indias. Capillas, conventos, iglesias, catedrales, palacetes, templos cristianos sobre templos cholultecas presididos por cruces labradas en piedra decorada con relieves de flores y ángeles. Santitos, devociones, comidas y fiestas. Mayordomías, colonias italianas y mestizajes.

Fuente del Paseo Bravo. Por sí misma es todo un homenaje a la ciudad, salvo
convenientemente rescata mucho sus elementos barrocos, pero ignora cómo
en el siglo XIX muchos de estos magníficos rasgos fueron arrasados por la
corriente neoclásica. En talavera, del lado derecho, se ve un jarrón con azucenas,
símbolo de la Inmaculada Concepción (pdf), quien fue, desde su fundación,
patrona de la diócesis de Puebla. Foto: JILG 2013.
Y con la excusa de la cercanía a la Ciudad de México, hace poco más de un lustro armé mi primera excursión de ida y vuelta a conocer los indispensables: un vistazo a la Catedral, a la Biblioteca Palafoxiana, a la Capilla del Rosario, al templo de San Francisco, al de la Compañía de Jesús, comer mole, tomar una pasita, tomar una cerveza en el barrio del Artista, curiosear en el Parián y comprar dulces en la 6 Oriente antes de volver. Todo en ocho horas. Pasar lista. Difícilmente esto puede resultar en una experiencia satisfactoria, pero al menos sí es útil como un ejercicio exploratorio: ver si vale la pena volver. La sentencia fue definitivamente a favor: habría que volver y hacerlo todo con mucha más calma. En otras excursiones posteriores, pude revisitar con más calma esos lugares, conocer más barrios de la ciudad y otros sitios en los alrededores: la pirámide y sitio arqueológico de Cholula, los extraordinarios e indispensables templos de San Francisco Acatepec y Santa María Tonantzintla y más.

A la izquierda, la probablemente mejor fachada de lo que llaman "barroco talaveresco". San Francisco Acatepec es un pequeño pueblo cerca de las ciudades de Puebla y Cholula, donde se conserva este magnífico templo que, según cuentan, fue terminado de decorar en 1750. Su interior, sin embargo, fue arrasado por un fuego en 1941, por lo que mucho de su detalle en los recargados acabados barrocos propios de la zona, fue reconstruido. A la derecha, a unos pocos kilómetros de Acatepec y dentro del municipio de San Andrés Cholula, una pobre foto clandestina (los mayordomos de Santa María no permiten tomar fotografías para que les compres sus postales oficiales) del interior del extraordinario templo de Santa María Tonantzintla que, a mi gusto es todavía una más interesante muestra del interiorismo barroco del siglo XVIII poblano que la propia Capilla del Rosario. Y es que en Tonantzintla más que el oro, predominan los colores y una estética que algunos llaman "barroco indígena" o bien "arte tequitqui". La experiencia dentro del templo es extraordinaria.  Fotos: julio 2011, JILG.
Mi sensación era que Puebla y sus alrededores estaban repletos de curiosidades y puntos de interés estéticos e históricos, además de los gastronómicos, pero que el paseo por las calles del centro era tan insoportable como el de muchos centros urbanos de las principales ciudades del país: ruido, un comercio desbordado que hace de cualquier paseo una carrera de obstáculos, amplificadores con música a un volumen intolerable para... no sé, ¿atraer? clientela, humo de camiones, olor a caño y a basura. "Mientras estés dentro de la Capilla del Rosario", decía en ese entonces, "estás bien".

Hace algunos pocos años, en una visita de trabajo, un martes, al terminar la agenda del día, hice un paseo nocturno por el centro. Recorrí su sistema de calles numerados en pares y nones, sures y nortes, orientes y ponientes sin nunca lograr que esto me facilitara más la orientación que confundirme. Los Sapos, Analco, el Paseo de San Francisco y su Centro de Convenciones. Sin ruido, sin camiones, sin basura... Juré que volvería a continuar conociendo ese intrigante casco antiguo que a pesar de las semejanzas con otras ciudades coloniales, ciertamente y, como todas, es única. No hay rigor para decir esto, pero ahí siento el aire más frío, el azul del cielo y el verde de las plantas más oscuro, un ambiente propicio para que una arquitectura de talavera, ladrillo y blanca argamasa dé una luminosidad más contrastada, más intensa.

En la esquina superior izquierda, el callejón de los Sapos, en el barrio del mismo nombre en el sureste del Centro, donde hay un gran número de mueblerías, restaurantes y bares. En la superior derecha, el Palacio de Gobierno Municipal (notablemente, el gobierno del Estado no tiene presencia en el Zócalo poblano). En la inferior izquierda, la Casa del Alfeñique y en la derecha una calle del barrio de Analco, al oriente del Centro y que formaba parte de un barrio indío suburbano. Fotos: JILG 2011 y 2013
Así, que, en un renovado interés por la vida cotidiana de la Nueva España, en el que me he acompañado de diferentes lecturas, paseos e investigaciones sobre barrios, conventos, edificios y urbes enteras del centro del país, decidí volver a Puebla con una agenda muy particular: arquitectura religiosa. Me propuse visitar y cada templo y convento dedicado al culto religioso que quedara en pie. Por supuesto, hubo algunas omisiones que, por desconocimiento, falta de coincidencia o por no encontrarlos abiertos, no pudieron ser visitados en esta ocasión. Por lo pronto, quisiera arrancar una serie de entradas -semi independientes entre sí- llenas de fotografías relacionadas con esta visita a Puebla.

-EL DISCLEIMER-
Catedral Basílica de Puebla. Foto: JILG 2013
No soy un historiador, ni historiador del arte, ni arquitecto. No busco hacer "fichas" de cada edificio religioso, ni detenerme en exhaustivas descripciones de obras pictóricas, escultóricas o arquitectónicas. De hecho, existe una magnífica guía del patrimonio religioso poblano cuya calidad y profundidad jamás he visto en ninguna otra guía de esa y de otras ciudades de México, incluida, por supuesto, la Ciudad de México. Eso no quiere decir que no quiera tener cuidado en un correcto uso de los términos precisos y apropiados por lo que se aceptan agradecidamente observaciones de lectores avezados en estos temas. Tampoco pretendo hacer propiamente una guía de turismo, pero sí que contar esta vista, más como testimonio que como orientación, pueda ser útil a quien se le despierte alguna curiosidad similar. Pretendo compartir, pues, mi experiencia de ver, pasear, fotografiar, apreciar, preguntar e investigar. No tuve acceso privilegiado a ninguna parte (a pesar de solicitar constantemente, sobre todo, acceso a los coros de las iglesias donde siempre obtuve negativas). Fui un simple turista, con una cámara Coolpix y de un teléfono que decidió buscar en templos e iglesias cosas de ayer y devociones de hoy que me despertaran la curiosidad, admiración, comparación y ganas de leer más, investigar más, admirar más, caminar más.


jueves, 18 de julio de 2013

Gran Teatro de La Habana

I. Cuando el Gran Teatro era el Gran Teatro
Mi primer viaje a la "Sala Lorca" fue por ahí de la década de 1920. La actriz italiana, Eleonora Duse, presentó cinco funciones de La porta chiusa. Aristócratas y ricachones que habían comprado boletos para todas las noches discutían cuál podría ser el encanto de la Duse. Todos concluían que eran sus delicadas manos. Eran los mejores días del Gran Teatro de La Habana, que en ese entonces ni siquiera se llamaba así, y mi vehículo fue la novela de Antonio Orlando Rodríguez, Los aprendices de brujo. Una obra sencilla, tal vez con algunos tropiezos, pero sin duda entrañable para mí. La novela me invadió de ese tipo de nostalgia sobre un pasado y un contexto ajeno. Fue uno de esos libros que llegan en el momento preciso y a través de alguna persona precisa y cuya lectura termina engrapando un gran número de emociones, significados y afectos. Para mí, recordar ese viaje a La Habana, acompañado de los bogotanos Lucho y Wen, hace nueve décadas, significa recordar simultáneamente una época en la Ciudad de México en 2006 en la que la vida se sentía muy especial. Para mí, entrar por la puerta central a la Sala Lorca y ver la bóveda del Gran Teatro de La Habana significa saberme acompañado por mi amigo Arturo, con quien en ese entonces compartía grandes charlas, paseos y, por supuesto, esa novela.

Asediado por espontáneos, aquí la fachada desde el Parque Central. Foto JILG, 2011.


Rodríguez no nos mentía: la Duse estuvo ahí. Foto JILG, 2011.
Acostumbrado a enamorarme de ciudades y países enteros, Antonio Orlando Rodríguez me preparó una cita a ciegas con el Gran Teatro. Algún día lo conocería.

II. El Gran Teatro
Que sea conocido por varios nombres es, a mi gusto, un sello de distinción. Algunos habaneros le llaman aún el "Tacón", que es el antiguo y original nombre del extinto teatro principal de la ciudad que en 1838 fue inaugurado en ese mismo predio. También lo llaman "Teatro Nacional" o simplemente "el Lorca" (que fue un antiguo nombre de todo el conjunto y actualmente, sólo el de su sala principal). Tampoco es completamente extraño encontrar quien se refiera a él como el "Centro gallego". Encontré que pocas personas se refieren a él como el "Gran Teatro de La Habana". Es un nombre incómodo: uno puede sentirse ridículo diciéndole el "Gran Teatro" (aunque lo sea) y limitarse a decirle "Teatro de La Habana" puede generar confusión pues hay otro "Teatro de la Habana" en la ciudad. También es cierto que la poca difusión de este rimbombante nombre se deba a su aún corta existencia, pues fue a iniciativa de la "Prima Ballerina Assoluta" Alicia Alonso en 1985 que se le colocó este título.

Las fantásticas esculturas son de Giuseppe Moretti. Foto JILG, 2012
En cualquier caso, la pinta del edificio es visualmente adictiva. Su aspecto actual es considerado uno de los mejores ejemplares del neobarroco de la primera mitad de siglo XX. Un estilo poco visto en México, si acaso en algunas casas de Polanco. Esta fachada data de 1915, cuando el Centro Gallego compró el teatro Tacón y lo extendió, lo remodeló y lo convirtió en un palacio. Aquí se le atribuye esta extraordinaria obra a un arquitecto belga llamado Paul Beleu, de quien no encuentro más información.

A La Habana de la Cuba capitalista la llamaban el "París del Caribe". El elegante teatro convocaba a los grandes de todas partes del mundo para espectáculos de música, teatro y ópera. En la Cuba socialista, el teatro de La Habana es menos aristocrático, pero no menos emblemático. Desde la década de 1960 está asociado a uno de los máximos orgullos nacionales y del régimen: el ballet. Encabezado por Alicia Alonso, el Ballet Nacional de Cuba usa el Teatro como la sede principal de sus eventos, incluido el bianual Festival Internacional de Ballet de La Habana.


III. La visita en el siglo XXI: sinsabores
Volví a ver el teatro en abril de 2011. Esta vez no fue necesario un vehículo literario sino que el encuentro fue cara a cara. El edificio ha sido beneficiario de una serie de remodelaciones desde 2004, mismas en las que una Habana convencida de su nueva (o restaurada) vocación turística comenzó a recuperar su faz de la "era capitalista" (también llamado en el oficialismo, entre la exageración y la justa razón, como "período neocolonial") . Ahí estaba yo, desde el Parque Central intentando, como cualquier turista que va a Cuba, tomar doscientasmil fotografías. Quería, como casi todo turista ingenuo, encontrar la foto diferente a la que ha sido visualizada mil veces. Pero el asedio de locales que buscaban ofrecerme habanos más baratos, explicaciones, preguntarme la hora o indagar mi nacionalidad terminó por ahuyentarme. Por otro lado, los interiores estaban cerrados.
Esperando a que empiece la función, Foto JILG, 2012

Pero volví a La Habana en 2012 y esta vez el teatro estaba abierto y había oportunidad de entrar: una nueva generación de la Escuela Nacional de Ballet daría una función de La flauta mágica. Nuestra sorpresa fue en la taquilla. Un letrero anunciaba que los cubanos pagan una ínfima cantidad en moneda nacional (peso cubano), mientras que los extranjeros en divisa (peso cubano convertible) una cantidad equiparable con otras funciones de ese tipo en cualquier otra parte del mundo. Razonable, justificable y hasta aplaudible considerando que los cubanos participan de un régimen de subsidios, impuestos y redistribuciones de los que el turista no.

Instrucciones parciales, Foto JILG, 2012
Sin embargo, lo que ya no decía el letrero y te enterabas al llegar a la taquilla es que a los cubanos se les asignaba los lugares de Tertulia (esto es, gayola, o sea, hasta arriba) sin posibilidad de comprar en primer piso, lunetas o segundo piso, pues esos lugares estarían reservados para los extranjeros. El turista, similarmente, no podía comprar en Tertulia. Y así, ese sistema de subsidios, impuestos y redistribuciones se va a la mierda y sólo sirve para sobajar a sus participantes a favor de los turistas provenientes del capitalismo. Brillante. Pero como todo en Cuba -y en el mundo entero-, si tienes dinero hay un truco para resolver las sinrazones institucionales: revendedores fuera de taquilla pueden conseguir boletos de primer piso a grupos mixtos (es decir, para cubanos y extranjeros que van juntos), cuyo precio incluye que los acomodadores no soliciten documentos de identidad para ingresar a la Sala Lorca. Fantástico: corrupción institucionalizada en el régimen que combatió la corrupción de la era neocolonial.

Lo que queda de Alicia Alonso engalanando aquella función, Foto JILG, 2012
En mi ambición por entrar al teatro cerrar los ojos e imaginar a la Duse frente a mí, no me importó ser cómplice de esa bajeza cotidiana de la Cuba de hoy e ingresé a mi asiento obligatoriamente de primer piso. A mi lado se sentó una desagradable mujer que entraba al Gran Teatro de La Habana  vestida como si viniera de un día de playa. "No la juzgues por su apariencia, tal vez ella también viene a dar tributo al Teatro", me autorreprendía. De pronto, en el palco principal del Teatro apareció la Prima Ballerina Assoluta y ancianísima Alicia Alonso y toda la concurrencia se deshizo en aplausos. "Who's the old lady?", me preguntó la elegante compañera de butacas. ¿Cómo explicarle a quien sacaba un sandwich de su bolsa para ver la función que se trataba de una de las más grandes bailarinas de todos los tiempos? Imaginaba a los protagonistas de la novela de Rodríguez que hicieron todo un viaje con el solo propósito de ingresar a esa sala a ver a una consagrada compartir palco con mi vecina canadiense.

Primera ronda de aplausos tras La flauta mágica, Foto JILG 2012
La función estuvo bien. No hay más qué decir. El teatro lleno de humedades, paredes despostilladas, el telón sucio y, sobre todo, con la consciencia de que la zona de hasta arriba estaba abarrotada por familiares y amigos de los bailarines que no pudieron estar más abajo porque la administración del Teatro se los prohíbe para dejarle el lugar a la canadiense y a mí. Estuve incómodo toda la función.


Definitivamente, del Gran Teatro de La Habana me quedo con su fachada y con el recuerdo de mi visita guiada de hace casi 100 años.